Está claro que cuando alguien dedica 60 años de su vida a un mismo trabajo es porque vale para ello, porque desempeña muy bien su función y sabe adaptarse a los cambios. Manuel Fraga dedicó su vida a la política y me atrevo a decir que supo ser un buen político. Nunca mordió la mano del que le dio de comer, impuso orden cuando creyó que debía hacerlo y aceptó las reglas de juego. Pero algo ha estado chirriando toda esta semana pasada. Y es que su muerte ha dejado al descubierto que la democracia en este país lleva mucho tiempo en coma inducido.
Fraga, que siempre apoyó el golpe de Estado de Franco con todas sus consecuencias, fue ministro antes y después de la muerte de éste en 1975. Tantos años en política le convirtieron en responsable directo de muchos sucesos de nuestra historia reciente. Parece que todo comenzó en los años sesenta, mientras la vieja Europa avanzaba por el camino de sanar las grandes heridas de la II Guerra Mundial, cuando Fraga sirvió al franquismo como Ministro de Información (la del Régimen, claro) Y Turismo.
Spain is Different! proclamaba casi jactanciosamente. Y vaya si era diferente… El franquismo al que él representaba torturaba y asesinaba. Reprimía a los obreros y humillaba a sus mujeres rapando completamente sus cabezas. El caso de Julián Grimau, tan nombrado durante estos días, podría valer como muestra de su proceder. No solo por la crudeza del crimen, sino también por la justificación del mismo Fraga y el secretismo con el que se llevó el caso. Con estos hechos, a los que se suman los de Montejurra y los de Vitoria en 1976, donde murieron varios manifestantes a manos de la policía, bajo su responsabilidad como Ministro de Gobernación, me resulta muy difícil aceptar que Fraga fuera el adalid de la sección crítica-reformista del franquismo. Y todavía es más heavy escuchar a quienes lo defienden como uno de los padres de la Democracia.
Precisamente ese es uno de los grandes fraudes de la Transición. En cualquier otro país europeo con mayor amplitud de miras, un hombre de pasado turbulento y moralmente inaceptable como Fraga habría sido apeado de cualquier proceso democrático. Habría sido una demostración clara de una buena gestión del pasado, como ha ocurrido en otros lugares. Pero España, como él mismo decía, es diferente. Aquí, a un hombre al que demasiados años de férreo conservadurismo y atraso parece que le supieron a poco se le atribuyó, de repente, un perfil demócrata congénito, con el desprecio que eso supone hacia quienes de verdad lucharon por la llegada de la libertad.
La recuperación de la memoria histórica pasa también por reconocimientos de este tipo, y las reacciones políticas tras el fallecimiento han evidenciado que no vamos por el buen camino. Lamentablemente, en este trayecto, a un país como España todavía le queda mucho por desenterrar.
Publicado en www.bajoaragonesa.org

